jueves, 2 de mayo de 2013

Lo que duele no es la caída, es el aterrizaje.

Al final todo lo que un día empieza sin estar premeditado, sin que ninguno sepa que va a comenzar, hace que vayas subiendo poco a poco como si de una escalera se tratase donde, arriba del todo, está la felicidad... Cuanto más subes, más feliz estás, mejor te sientes y con más ganas sigues peldaño a peldaño continuando... Te da igual lo que ocurra fuera, tú solo estás centrado en que cada acción, palabra o sentimiento demostrado te hará subir un peldaño más y así sigues, miras hacia la escalera y día a día te ves más cerca de ser feliz, pero pasa algo, porque siempre pasa...
Cuando estamos ya bien altos, nos paramos, miramos alrededor y vemos que no todo es esa escalera...  que si miras hacia abajo la distancia es demasiada... que nos podemos caer y hacernos daño... Vemos en general, que hemos estado centrados en llegar a la felicidad por esa escalera y ni siquiera nos dimos cuenta de que cuanto más subíamos más rotos estaban los peldaños y más peligro había de caernos, hasta que sucede... Pasa que te encuentras sujetado fuertemente a un solo peldaño en mitad de la escalera y sin saber qué hacer... Miras hacia arriba y ves que no hay nada, que ni siquiera está esa felicidad que antes veías a todas horas, y miras hacia abajo y tampoco hay nada...
Te vas cansando... Los peldaños que antes subías con las acciones, palabras o sentimientos que te iban demostrando ya no están ahí. No aguantas más, la caída es inminente, sabes que no queda otra, miras el camino recorrido, sonríes... Y caes.

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